Hace unos
días anuncié en Facebook el estreno de una sección en el blog llamada Las Catas
de XXX. Con el nombre del nuevo miembro del equipo 2D2Dspuma en el lugar de las
X, la sección pretendía recoger en tono de chascarrillo sus observaciones más
risibles. Algunas de ellas no tienen desperdicio, en serio. XXX ha venido a la
empresa a desarrollar ideas y tareas diversas, y por el momento carece de
culturilla cervecera; sin embargo, tiene un talento especial para describir lo
que bebe y, sobre todo, llaneza de miras.
Finalmente
decidí no hacerlo por diversos motivos, los dos principales son: con apenas
tiempo para el blog, sólo me falta estrenar sección, cuya continuidad exige
cierto tono muscular del que carezco ahora mismo; y que tal como la concebí,
Las Catas de XXX es por su propia idiosincrasia una sección condenada de
antemano, porque en su misma esencia lleva su fin. Además, si ya es complicado
depender sólo de la propia inspiración, depender de la conjugación de la propia
con la de terceros es excesivo para mis nervios.
Pero aunque
haya descartado esa sección como posibilidad, me parece interesante la
reflexión que la inspiró, aparte de las risas.
Desde
siempre, a la jornada le añadimos al final una hora que reservamos a las
probaturas: muestras, gentilezas, intentos (frustrados por ahora) de homicidio
mediante envenenamiento, nuevas incorporaciones, ‘controles de calidad’ (con
más frecuencia de la deseable se detectan ‘problemillas’ que tratamos de aislar)…
De hacerlo a primera hora, seguro que la jornada se nos haría más amena pero…
Ese momento
es uno de los mejores del día: nos relajamos y comentamos, urdimos, intrigamos,
tramamos, criticamos, nos burlamos, conspiramos, maquinamos, etc. mientras, entre
trago y trago, les arrancamos las uñas y los dientes a los clientes contestones
que abarrotan las mazmorras de nuestro sótano… Ñaca!
Esas catas
compartidas siempre han sido fuente de lecciones y matices; y también siempre
hemos sido conscientes de que su valor estriba en la falta de presiones y en la
espontaneidad, pero que depende de nuestra capacidad de escuchar. De eso
depende todo, sí, de nuestra competencia para reconocer los comentarios
relevantes entre las trivialidades, de interpretar lo dicho, valorar lo no
dicho… y de orientar, dirigir la observación, preguntando, sugiriendo,
provocando…
La
composición del Comité de Evaluación puede variar. A menudo se une alguien
ajeno, una amistad disoluta o un familiar gorrón. Ese miembro coyuntural es generalmente
inexperto en asuntos cerveciles, y es precisamente esa inexperiencia lo que
hace valiosa su aportación. La incorporación de XXX a la plantilla me planteó
como posible e, incluso, buena idea sistematizar eso de las ‘catas informales’
para hacerlas más formales y provechosas (y que me vistieran, ya de paso, un
poco el blog, zarrapastrosillo últimamente). Sin embargo, cualquier
procedimiento traicionaría su esencia.
Es gracias a
esas catas compartidas, improvisadas e informales, y a hablar y escuchar (sobre
todo escuchar) a mucha gente que ‘no sabe’ que yo he aprendido gran parte de lo
que sé; sea mucho o poco es otra historia, me basta para vender cerveza, que es
mi oficio. Porque resulta que yo no soy un Juez que pretende premiar las
virtudes de un producto en función de su calidad técnica o de su formalidad en
un certamen internacional (ya quisiera, ya, que la experiencia dicen que es una
gozada); yo simplemente vendo cerveza, y mucha se la vendo a paladares con poca
experiencia que lo que quieren es recibir placer en proporción a lo que pagan.
Los
que ‘sabemos’ un poco de ‘esto de beber cerveza’ nos olvidamos con demasiada
frecuencia de que, en los asuntos del placer, las observaciones espontáneas
son, a veces, las más sustanciosas, y que en ocasiones el paladar más fiable es
el inocente. Los resabiados no lo son tanto porque,
paradójicamente, se les engaña con más facilidad, ya que son sensibles al
influjo de las marcas, las leyendas, los mitos y las modas. En cambio, a los
Paladares Inocentes, inmunes
a los friquismos y al hechizo del snobismo, lo que beben les gusta o no les
gusta, y les parece caro o barato en función de lo que reciben. No hay más.
No, no voy a
caer en la demagogia populachera y simplista de que lo importante es eso, si
gusta o no gusta y punto. Vengo defendiendo lo contrario hace años: con la
cerveza ocurre como con el cine, la literatura, la pintura o cualquier otra
disciplina: cuanto más sabes, más te gusta; cuanto más te gusta, más quieres
saber; y cuánto más te gusta y más sabes, más exigente te vuelves, y te
producen placer y empiezas a valorar elementos ajenos al líquido en sí. Las
artes son experiencias estéticas globales.
Pero
volviendo a Las Catas de XXX, insisto en la importancia de saber escuchar e
interpretar los argumentos de la llaneza honrada de los Paladares Inocentes.
Pondré
un ejemplo que creo que ilustrará lo que quiero decir.
Hace
unas noches, XXX probó una cerveza sin saber nada sobre ella, ni estilo, ni nombre,
ni procedencia. O diré, aunque no sea relevante, que era un ejemplar de la
estantería que hay al lado del mostrador… ya sabéis. XXX se me quedó mirando
con el vaso en la mano y media sonrisa. La inexperiencia la mantenía a la
expectativa de sí misma. Finalmente, dijo:
-Es
una broma de las tuyas –con la mente puesta en mi proverbial sentido del humor.
A veces, por amenizar la sesión, les echo un chorrito de lejía o amoníaco o
disuelvo algo de matarratas en sus vasos, siempre en dosis no letales, claro.
Al
ver mi expresión seria, sentenció, porque eso es exactamente lo que hizo,
sentenciar:
-¿Y
hay gente que paga por esto? ¿Y de verdad quien la hace cree que la gente va a
pagar por esto?
Definitivo.
Ante
tal clarividencia, una se pregunta, ¿no me perderé demasiado a menudo en
laberintos teóricos absurdos?