lunes, 27 de mayo de 2013

EL PALADAR DE LA INOCENCIA o EL PLACER DE LO SENCILLO o "EL DELITO ES PRUDENTE Y CAUTELOSO, EN CAMBIO, ¡QUÉ IMPRUDENTE ES LA INOCENCIA!"



Hace unos días anuncié en Facebook el estreno de una sección en el blog llamada Las Catas de XXX. Con el nombre del nuevo miembro del equipo 2D2Dspuma en el lugar de las X, la sección pretendía recoger en tono de chascarrillo sus observaciones más risibles. Algunas de ellas no tienen desperdicio, en serio. XXX ha venido a la empresa a desarrollar ideas y tareas diversas, y por el momento carece de culturilla cervecera; sin embargo, tiene un talento especial para describir lo que bebe y, sobre todo, llaneza de miras.
Finalmente decidí no hacerlo por diversos motivos, los dos principales son: con apenas tiempo para el blog, sólo me falta estrenar sección, cuya continuidad exige cierto tono muscular del que carezco ahora mismo; y que tal como la concebí, Las Catas de XXX es por su propia idiosincrasia una sección condenada de antemano, porque en su misma esencia lleva su fin. Además, si ya es complicado depender sólo de la propia inspiración, depender de la conjugación de la propia con la de terceros es excesivo para mis nervios.
Pero aunque haya descartado esa sección como posibilidad, me parece interesante la reflexión que la inspiró, aparte de las risas.

Desde siempre, a la jornada le añadimos al final una hora que reservamos a las probaturas: muestras, gentilezas, intentos (frustrados por ahora) de homicidio mediante envenenamiento, nuevas incorporaciones, ‘controles de calidad’ (con más frecuencia de la deseable se detectan ‘problemillas’ que tratamos de aislar)… De hacerlo a primera hora, seguro que la jornada se nos haría más amena pero…
Ese momento es uno de los mejores del día: nos relajamos y comentamos, urdimos, intrigamos, tramamos, criticamos, nos burlamos, conspiramos, maquinamos, etc. mientras, entre trago y trago, les arrancamos las uñas y los dientes a los clientes contestones que abarrotan las mazmorras de nuestro sótano… Ñaca!
Esas catas compartidas siempre han sido fuente de lecciones y matices; y también siempre hemos sido conscientes de que su valor estriba en la falta de presiones y en la espontaneidad, pero que depende de nuestra capacidad de escuchar. De eso depende todo, sí, de nuestra competencia para reconocer los comentarios relevantes entre las trivialidades, de interpretar lo dicho, valorar lo no dicho… y de orientar, dirigir la observación, preguntando, sugiriendo, provocando…
La composición del Comité de Evaluación puede variar. A menudo se une alguien ajeno, una amistad disoluta o un familiar gorrón. Ese miembro coyuntural es generalmente inexperto en asuntos cerveciles, y es precisamente esa inexperiencia lo que hace valiosa su aportación. La incorporación de XXX a la plantilla me planteó como posible e, incluso, buena idea sistematizar eso de las ‘catas informales’ para hacerlas más formales y provechosas (y que me vistieran, ya de paso, un poco el blog, zarrapastrosillo últimamente). Sin embargo, cualquier procedimiento traicionaría su esencia.

Es gracias a esas catas compartidas, improvisadas e informales, y a hablar y escuchar (sobre todo escuchar) a mucha gente que ‘no sabe’ que yo he aprendido gran parte de lo que sé; sea mucho o poco es otra historia, me basta para vender cerveza, que es mi oficio. Porque resulta que yo no soy un Juez que pretende premiar las virtudes de un producto en función de su calidad técnica o de su formalidad en un certamen internacional (ya quisiera, ya, que la experiencia dicen que es una gozada); yo simplemente vendo cerveza, y mucha se la vendo a paladares con poca experiencia que lo que quieren es recibir placer en proporción a lo que pagan.

Los que ‘sabemos’ un poco de ‘esto de beber cerveza’ nos olvidamos con demasiada frecuencia de que, en los asuntos del placer, las observaciones espontáneas son, a veces, las más sustanciosas, y que en ocasiones el paladar más fiable es el inocente. Los resabiados no lo son tanto porque, paradójicamente, se les engaña con más facilidad, ya que son sensibles al influjo de las marcas, las leyendas, los mitos y las modas. En cambio, a los Paladares Inocentes, inmunes a los friquismos y al hechizo del snobismo, lo que beben les gusta o no les gusta, y les parece caro o barato en función de lo que reciben. No hay más.  
No, no voy a caer en la demagogia populachera y simplista de que lo importante es eso, si gusta o no gusta y punto. Vengo defendiendo lo contrario hace años: con la cerveza ocurre como con el cine, la literatura, la pintura o cualquier otra disciplina: cuanto más sabes, más te gusta; cuanto más te gusta, más quieres saber; y cuánto más te gusta y más sabes, más exigente te vuelves, y te producen placer y empiezas a valorar elementos ajenos al líquido en sí. Las artes son experiencias estéticas globales.

Pero volviendo a Las Catas de XXX, insisto en la importancia de saber escuchar e interpretar los argumentos de la llaneza honrada de los Paladares Inocentes.
Pondré un ejemplo que creo que ilustrará lo que quiero decir.
Hace unas noches, XXX probó una cerveza sin saber nada sobre ella, ni estilo, ni  nombre, ni procedencia. O diré, aunque no sea relevante, que era un ejemplar de la estantería que hay al lado del mostrador… ya sabéis. XXX se me quedó mirando con el vaso en la mano y media sonrisa. La inexperiencia la mantenía a la expectativa de sí misma. Finalmente, dijo:
-Es una broma de las tuyas –con la mente puesta en mi proverbial sentido del humor. A veces, por amenizar la sesión, les echo un chorrito de lejía o amoníaco o disuelvo algo de matarratas en sus vasos, siempre en dosis no letales, claro.
Al ver mi expresión seria, sentenció, porque eso es exactamente lo que hizo, sentenciar:
-¿Y hay gente que paga por esto? ¿Y de verdad quien la hace cree que la gente va a pagar por esto?
Definitivo.
Ante tal clarividencia, una se pregunta, ¿no me perderé demasiado a menudo en laberintos teóricos absurdos?

miércoles, 15 de mayo de 2013

NOBLEZA OBLIGA o DISTINTAS FORMAS DE VERLO o SI NO LE SACAMOS PUNTA A LA VIDA, ¿QUÉ NOS QUEDA?


Entre quienes las leen, las anécdotas de la tienda suscitan mayoritariamente reacciones que podrían encuadrarse en dos grupos:

Grupo A – Este grupo de lectores disfruta, las comenta, las ríe si se tercia, reflexiona sobre ellas y sus posibles implicaciones y pide más y más. Entienden que es la recreación significativa de un extracto de la realidad, intencionada, por supuesto, no del todo inocente, probablemente un poco guasona, pero, por descontado, no malintencionada. Nada malintencionada. 
Cuando nos encontramos, suelen hacer alusión a alguna que les ha hecho especial gracia y yo les obsequio con pormenores extra.

Grupo B – Este segundo grupo se obstina en verlas como burlas, escarnios o, incluso, ‘lapidaciones’, considerándolas, creo que con sarcasmo, estrategias de venta. Eso me deja a mí en bastante mal lugar, claro, una especie de monstruo desalmado, casi sanguinario, muy cruel,  látigo de los ignorantecerveceros. En su mayoría, los lectores de este grupo mantienen una relación bastante superficial con nosotras, por lo cual no nos conocemos mucho, o nada; ni falta que me hace, por supuesto, ni ganas, faltaría más, pensarán.

A pesar de que he reflexionado sobre este asunto con toda la dureza de que soy capaz (me conviene), que es mucho, para mí es el primer grupo el que está en lo cierto.

Eso no invalida la posibilidad de que yo sea mala, muy mala, por supuesto; de hecho, lo soy, y mucho, pero no lo vuelco en el blog: Mala sí, tonta también pero no tanto.
¿Y si os dijera que la mitad de las veces las situaciones narradas son ficticias? ¿Y si os dijera que al menos la mitad de cada historia es ficción, salvo excepciones? ¿Y si os dijera que en la mayoría de ocasiones un suceso anodino me ha servido de catalizador para inventarme una historia del tipo ‘¿y qué pasaría si?’? Ilustro con una escena lo que quiero exponer o una escena me hace reflexionar y la utilizo para expresar un sentido más complejo. Es decir, LITERATURA.
¿Cambiaría esto las cosas?



¿Y si os dijera que las anécdotas auténticas de bochorno, aquellas que de verdad llenarían esto de carnaza barata y harapos impúdicos no las cuento?
A lo largo del día entra mucha gente en esta tienda (nunca es suficiente) y la mayoría no tiene ni idea sobre cerveza… La atención al público es una fuente inagotable de situaciones incómodas y estas no las cuento, por pudor y porque no me apetece que me rompan la cara.
¿Si os dijera esto que os acabo de decir, sería diferente?

Además, me consta que muchos protagonistas se han reconocido en su historia y, no solo no tengo ninguna queja, sino que algunos me han dado las gracias. Si alguna vez ocurriera lo contrario porque alguien se sintiera molesto, pediría disculpas y lo lamentaría profundamente.
En resumen, hay muchos blogs mejor que este para leer.



*** 
Para los lectores del primer grupo.
Oído ayer:
“A-BA-DÍ-A… ABADÍA… ¡anda! Abadía de abadía, ¡de abadía de monjes…! ¡Y yo pensaba que las cervezas de abadía eran de playa, para tomar en la playa o algo así! Cervezas de ‘Ah, bahía’… así, en la playita”

SILENCIO, SE PIENSA

Qué abandonado tengo esto... Habrá que ponerle remedio.

lunes, 8 de abril de 2013

CATADOR, PROFESIÓN DE RIESGO o MENOS MAL QUE TENGO ESTUDIOS o CUALQUIER DÍA DE ESTOS...



El oficio de los catadores de antes era bien distinto a lo que es hoy. Era mucho más emocionante, dónde va a parar...
El ‘catador', o 'catavenenos', tal como lo registra el DRAE, era un tipo que probaba la comida y la bebida de los personajes importantes antes que éstos para comprobar si la habían envenenado. Tan temeraria profesión vivió su época dorada por allá, tiempo ha, en la antigüedad de hace años, ya entonces años atrás, cuando la gente se tomaba las cosas muy a la tremenda, más incluso que ahora, y, a la que se enfadaban, empezaban a envenenarse o apuñalarse entre ellos.

Para dedicarse a algo así como a lo que se dedicaba un 'catador' de los de antiguo, digo yo que se necesitan unos ojones del tamaño de los fermentadores de Estrella Galicia, pero estos ‘profesionales de la diarrea’ no se trataban de personal en nómina, sino de esclavos, y ya se sabe que la capacidad de elección de los esclavos es más bien poca si no ninguna. Así que cuando el señor decía que a probar el pollo, que a mí me huele mal, el 'catavenenos' cruzaba los dedos y agarraba un muslo. Preferible morir retorciéndose de dolor por los efectos de las cicutas, los acónitos, las estricninas o los arsénicos que a consecuencia de las iras nobles.

Parece ser que la figura del 'catavenenos' era relevante socialmente porque contar con sus servicios era símbolo de poder, como un chófer o un secretario personal lo son en la actualidad. Y era un manifiesto símbolo de poder y estatus porque no todo el mundo se podía permitir tener esclavos, pero, además, quien tiene enemigos con la determinación y los medios de hacerle envenenar, por fuerza ha de ser importante. Tanto era así que se agasajaba a los invitados dispensándoles los servicios de un 'catavenenos', aun sin existir riesgos, en una opulenta demostración de consideración social.

Quiero suponer que la figura de este experto en cólicos ya se habrá erradicado, al menos en los países 'desarrollados', porque estoy segura de que en tribus de la África o Asia profundas, esas sin internet ni sindicatos, todavía queda algún vestigio, aunque no salga en Viajeros.

Pero… ¿por qué pienso en todo esto?
Ah, sí…
Me han llegado muestras sin identificar y sin remitente.

martes, 19 de marzo de 2013

LA RESPONSABILIDAD DEL BBF ( BARCELONA BEER FESTIVAL )




¿Iréis al Festival? fue la frase más repetida en estos círculos durante las semanas previas al BBF.
“¿Iréis al Festival?”
“¿Iréis al Festival?”
“¿Iréis al Festival?”
“Iréis al Festival, ¿no?”
Sí, claro que iré. Por descontado. ¿Cómo no voy a ir?
Y fuimos y puedo probarlo. Hay fotos que lo demuestran.
El Beer Festival no es santo de mi devoción. De hecho, escribí algo sobre el tema el año pasado. http://2d2dspuma.blogspot.com.es/2012/03/barcelona-beer-festival-sin-piedad.html
Soy así de rancia. No soporto que la gente disfrute.
Pero no es que tenga nada en contra, es que simplemente este tipo de eventos no me van, no el evento en sí sino el formato: no tengo mucho aguante, con lo cual beber no puede representar para mí una diversión porque se acaba pronto y/o mal; las aglomeraciones me acogotan, además de que no soy precisamente sociable; y la tercera cerveza ya no la aprecio con fidelidad. En definitiva, el BBF y yo somos antagónicos o, si lo preferís, de maridaje imposible. De todos modos, el BBF no necesita gente como yo, así que, que no cunda el pánico.
No me gustan los saraos, y menos los saraos tipo Barcelona Beer Festival, y tengo, además, ciertas reservas reservadas, no lo negaré, en cuanto a algunos criterios seguidos. Sin embargo, todas esas consideraciones son particulares y subjetivas y reconozco cuando lo veo el resultado del buen trabajo. Además, estoy enormemente agradecida al BBF por su inmensa contribución a la industria y el mercado nacional de la cerveza ‘de calidad’.

***

Una de las primeras cosas que me dijeron al llegar al BBF fue que había muchas cervezas de relleno… no malas, ¿eh?, sino de relleno. Eso vino tras alabar la organización del evento, la idoneidad del emplazamiento (a mí me pareció algo desangelado pero muy práctico) y ponerme al corriente de los dimes y diretes y las anécdotas... vamos, la crónica social.
Sobre las cervezas de relleno he de decir que, con mis fichas calentitas en una mano, el vaso limpio en la otra y muchas ganas de, me costó decidir por cuál empezar; y no exactamente por lo bueno que era todo, sino más bien por lo contrario; pero, sobre todo, porque lo poco que había de bueno ya lo conocía.
Y aunque entiendo que yo fui a una hora tonta y que no van a poner los barriles very especiales pa mí, apenas nada me resultaba interesante.

* * *

‘Y demasiada nacional’ también me dijeron.
Demasiada nacional.
De hecho, esta frase me la han repetido infinidad de veces a lo largo de la semana posterior, siendo origen cada vez de una ejem apasionada discusión. ‘¿Demasiada nacional? Entiendo ‘demasiadas cervezas lambic’ o ‘demasiado lúpulo’ o 'demasiadas cervezas demasiado fuertes’ o ‘demasiadas cervezas raras’… pero ¿demasiadas cervezas de un origen concreto? Eso es como decir ‘demasiadas cerveza con dos A en el nombre’ o ‘demasiados zurdos sirviéndolas' o 'demasiadas cervezas del norte o del sur'.
Al final de la mayoría de conversaciones apasionadas, mi interlocutor y yo acabamos coincidiendo: el problema no es que hubiera demasiada ‘cerveza nacional’, el problema era que había demasiada cerveza mala que estaba allí SÓLO por ser nacional y demasiada cerveza nacional BUENA DEMASIADO CONOCIDA.
En eventos de este tipo (festivales, ferias, etc.), los friquis buscamos cervezas especiales, nuevas, ediciones limitadas, remotas, recónditas, extremas, raras, etc, y sobre todo esas de difícil acceso en otro lugar o momento; en definitiva, en las ferias los friquis buscamos fricadas. ¿Por qué beber una, por ejemplo, Domus Aurea, por buena que sea, si puede encontrarse en muchos establecimientos de la ciudad?

* * *

Algo definitorio y que tenemos en común los friquis es la convicción de que todo el mundo es tan friqui como nosotros. Dicha mentalidad nos lleva a veces a perder un poco la perspectiva, puede generarnos cierta frustración cuando no vemos cumplidas nuestras expectativas, excesivamente exigentes muchas veces, y a convertirnos en jueces implacables y demasiado severos. Creo que esta es una de esas ocasiones.

La vocación propagadora y apostólica del Barcelona Beer Festival no debe ser desdeñada. Su target e influencia es mayor entre el público no experto, nos guste o no nos guste a los friquis y lo pretendan o no desde la organización, que entre el público avanzado. El BBF no va dirigido a los friquis.Y ese es precisamente su gran valor, el ser un escaparate y altavoz del sector.
El BBF tiene capacidad para llegar donde no llegan otras acciones promocionales de la cerveza artesana nacional como industria y mercado. Todo lo que ocurre en el BBF tiene mucha resonancia. Y tener resonancia comporta alguna responsabilidad.
Por eso es necesario, en mi opinión, claro, seguir pinchando cervezas NACIONALES BUENAS aunque sean muy conocidas entre el público experto (friqui) y evitar pinchar CERVEZAS NACIONALES MALAS, que las hubo, ¡vaya si las hubo! Eso sí que no tiene disculpa.

Otra cuestión es quién y cómo determinar qué.